No tengo ni idea de como he llegado hasta aquí.
Estoy en la cima de un edificio, en una ciudad sin suelo. Al mirar abajo sólo se ven relámpagos rectos recorriendo a toda la velocidad el fondo de la vista.
Sentado en el tejado, observando, con la lluvia. Es una lluvia ligera un poco fría, de esas que te despiertan sin llegar a empaparte o a congelarte. De las que empapan más por dentro que por fuera.
A pesar de mi odio a las ciudades grandes, es increíble lo reconfortante que puede ser estar sólo en una ciudad enorme, lleno de personas viviendo en cajas de metal. Quizás sea la lluvia.
Una ciudad, entretejida como una red. Un animal de metal y cristal.
Puede que se limite a eso, que de verdad una ciudad esté viva de la misma forma en la que estamos cualquier ser vivo. Una red en la que no importan los nodos, o mejor dicho, importan en su conjunto como identidad individual, pero sólo importa la colectividad. Si el cuerpo muere las células individuales mueren. Lo que de verdad importa y mantiene todo vivo, estable y en crecimiento evolutivo son las interacciones entre las células. Eso es lo que genera la conciencia, singularidad de la mente y no de la célula, del colectivo y no del individuo, de la máquina y no del transistor. De la ciudad y no del edificio.
Un rayo cegador.
Desperté.
18 enero 2012
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